El Real Decreto 707/2026, que entrará en vigor el 2 de enero de 2027, reconoce tres herramientas de accesibilidad comunicativa: el lenguaje sencillo, el lenguaje claro y la lectura fácil. Según el análisis publicado por Antonio Martín, socio director de Cálamo&Cran y embajador de PLAIN en España, no son escalones de una misma escalera, sino instrumentos distintos con funciones propias. La norma exige lenguaje claro o lectura fácil en supuestos concretos, como los formularios de la Administración o la formación en prevención de riesgos laborales. En el resto de los casos fija el lenguaje sencillo como mínimo, a través de la fórmula «al menos» de su artículo 5.2. Martín cita el estudio de Pedro Luis García López-Tello, que defiende que ese mínimo no exime de otras obligaciones y plantea la accesibilidad como una cadena: la persona debe poder obtener la información, percibirla, comprenderla, interactuar con ella y utilizarla. Si falla un eslabón, falla toda la cadena.
La tesis central del texto es que el lenguaje sencillo es «un juguete roto». Martín sostiene que nace sin norma técnica que lo respalde, sin un método que ordene sus pautas y sin profesionales acreditables. Al compararlo con los cuatro principios de la norma UNE-ISO 24495-1, concluye que cubre tres (relevancia, comprensión y utilidad) y deja fuera el cuarto, la facilidad para localizar la información, que depende de la estructura, los títulos y el diseño del documento. En su opinión, el lenguaje sencillo queda así reducido a un lenguaje claro recortado, y el propio real decreto lo deja fuera del listado de herramientas de accesibilidad de su preámbulo, donde sí aparecen el lenguaje claro y la lectura fácil.
Por todo ello, el autor aconseja no quedarse a medias y aplicar lenguaje claro desde el principio, con cuatro argumentos prácticos. Adaptar los textos dos veces cuesta el doble, no existe forma de acreditar a un experto en una herramienta sin norma, cumplir resulta más difícil de demostrar sin un método reconocido y las normas técnicas ganarán peso en pliegos, ayudas y ordenanzas. Quien aplica lenguaje claro cumple también el lenguaje sencillo, y lo hace una sola vez. Para entidades con mucho volumen o plazos ajustados, propone escalonar por documentos (primero contratos, condiciones, cartas y formularios) y no por niveles, siempre con el mismo método. El artículo no pide rechazar el lenguaje sencillo, sino no conformarse con él.

